Diez años después: seguir siendo papá

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Por: Jose de Leon | Papá de Paz y de Aura.

El pasado 1 de junio, mi hija Aura habría cumplido diez años.

A veces me preguntan si después de tanto tiempo el dolor desaparece. La verdad es que no. Lo que cambia es la forma en que uno aprende a convivir con él.

Cuando pienso en Aura, lo primero que viene a mi mente no es el día que la perdimos. Pienso en todo lo que me faltó vivir con ella. Pienso en cómo sería hoy. A veces veo a las hijas de amigos o conocidos que estaban esperando bebés al mismo tiempo que nosotros y no puedo evitar imaginarme cómo sería Aura a esa edad. Han pasado diez años y todavía me lo pregunto.

Con el tiempo aprendí algo importante: sanar no significa olvidar ni dejar de sentir. Aprender a vivir después de una pérdida es encontrar un lugar para esa cicatriz dentro de tu vida y seguir caminando con ella.

Recuerdo que poco después de la muerte de Aura le dije a una psicóloga algo que me daba mucho miedo admitir. Le confesé que tenía terror de que algún día dejara de dolerme, porque sentía que el dolor era la conexión que tenía con mi hija. Pensaba que si el dolor desaparecía, también desaparecería ella.

Hoy entiendo que estaba equivocado.

Lo que desaparece no es el amor. Lo que cambia es la forma en que ese amor vive dentro de nosotros.

Con los años, muchas cosas dejaron de doler como antes. La vida volvió a avanzar. Llegaron nuevas experiencias, nuevos retos y también nuevas alegrías. Pero hay algo que nunca cambió: la presencia de Aura en nuestra historia.

Su fecha marcó un antes y un después en nuestras vidas. Incluso hoy, cuando mi esposa y yo hablamos de cualquier tema, muchas veces nos ubicamos en el tiempo diciendo: “eso fue antes de Aura” o “eso fue después de Aura”. Parece algo sencillo, pero refleja la dimensión de lo que significó su paso por nuestras vidas.

El Día del Padre tampoco es una fecha triste para mí. Tengo la bendición de celebrar junto a mi hija Paz y de contar con una familia y amigos que siempre recuerdan que soy papá de dos hijas. Con los años aprendí a recibir ese reconocimiento con naturalidad.

Hubo una época en la que me costaba responder cuando alguien me preguntaba cuántos hijos tenía. No porque dudara de la respuesta, sino porque me preocupaba la incomodidad que pudiera sentir la otra persona. Hoy ya no. Hoy respondo con tranquilidad que tengo dos hijas. Aura y Paz.

Porque ser papá de un hijo que murió no te hace menos papá.

Quizás una de las cosas más importantes que he aprendido es que los hombres también vivimos el duelo profundamente, aunque muchas veces lo hagamos en silencio. Después de participar en espacios con otros padres que han vivido pérdidas similares, confirmé algo que sospechaba desde hace años: muchos sentimos que pasamos a un segundo plano.

La atención se centra, con razón, en la madre y en su recuperación. Pero a menudo los hombres recibimos un mensaje distinto: “tienes que ser fuerte”. Y mientras intentamos sostener a quienes amamos, aprendemos a guardar nuestro propio dolor.

Por eso son tan importantes los espacios donde los padres pueden hablar, compartir y descubrir que no están solos.

Diez años después, cuando pienso en Aura, no pienso solamente en la pérdida. Pienso también en todo lo que me enseñó.

Me enseñó que estamos de paso. Que la vida es frágil. Que nada es más importante que la familia. Que muchas de las cosas que nos preocupan terminan siendo pequeñas cuando se comparan con lo verdaderamente importante.

Y me enseñó que el amor no depende del tiempo que compartimos con alguien.

Si hoy pudiera decirle una sola cosa a mi hija, le diría:

“Has estado presente en mi vida más de lo que te imaginas y has sido la razón por la que he caminado hacia adelante cuando a veces sentía que no podía”.

Porque después de diez años, sigo siendo su papá.

Y siempre lo seré.

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